Orígenes 2026: entre la liturgia de la sala, el latido del viñedo y la verdad sin artificios
La jornada final consagra el congreso como un oasis de autenticidad donde chefs, jefas de sala, panaderos y viticultores reivindicaron la profesión, la memoria del emigrante y el valor innegociable del terruño. Javier S Gastro / REPORTAJE ESPECIAL | Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo | Septiembre 2026 Hay congresos gastronómicos concebidos para el mero desfile de egos y otros, como Orígenes Gran Canaria, que nacen con la vocación insobornable de remover conciencias y tocar la fibra sensible de la profesión. El cierre de esta edición en el idílico marco del Jardín Canario no fue un punto y final al uso: fue una catarsis colectiva. Sobre las tablas se desnudó la liturgia olvidada del servicio, se celebró la resistencia casi mística del viñedo viejo, se reivindicó el pan como identidad cultural y se selló un hermosísimo pacto atlántico-castellano que demostró que, cuando la cocina nace del corazón y la tierra, no necesita artificios ni disfraces. 1. Del mole absoluto a la artesanía de la masa: Marcos, La Cremita y Levain La jornada arrancó con una lección magistral de jerarquías gastronómicas de la mano de Mario Come Oaxaca y Carlos Padilla, quienes desmontó con contundencia los lugares comunes de la culinaria contemporánea. Su postulado fue tan rotundo como clarificador: mole con pollo y no a la inversa. Para el cocinero, la salsa madre mexicana —compleja, telúrica, destilada a base de fuego paciente, especias y memoria— no es una simple guarnición o acompañamiento proteico, sino el verdadero protagonista, el eje sagrado y centro de gravedad absoluto del plato. La carne, en su esquema, es tan solo el vehículo que conduce la infinita polifonía del mole. El universo de las masas y la panadería tomó el relevo evidenciando que el obrador es hoy una de las trincheras más creativas del panorama gastronómico. La Cremita deslumbró con una propuesta que ensambla con maestría la identidad del territorio con la vanguardia técnica: bocados prodigiosos como su pan de papas con mojo, los insólitos picos de huevas o el arrebatador pan de calamares. Una cocina panadera que busca incansablemente las raíces y los frutos de la tierra para fundirlos con la sensibilidad de los grandes chefs. En la otra orilla conceptual, pero con idéntico rigor artesanal, el equipo de Levain exhibió una hoja de ruta meridianamente clara: una fijación absoluta por la materia prima de excepcional pureza y una lectura permeable a las más vanguardistas tendencias internacionales, demostrando que el pan vuelve a ocupar, por derecho propio, el lugar troncal que jamás debió abandonar en la mesa. 2. El gran debate de la sala: El 60% del éxito y la dignidad de servir Si algo marcará el recuerdo de esta edición de Orígenes será el conmovedor e implacable debate protagonizado por tres mujeres de referencia en el servicio y la sumillería nacional, que puso el dedo en la llaga de una herida histórica de la hostelería: la invisibilización de la sala frente al hiperbólico estrellato de los fogones. Sara Fort (Restaurante Paco Roncero) no eludió la confrontación conceptual y soltó una de las frases más comentadas del congreso: «Nos gusta hacer sentir al cliente confortable; somos las encargadas de mantener el buen ambiente del comensal. Y aunque los chefs se ofendan, la sala es el 60% del éxito en un restaurante». Un dardo certero que resonó con fuerza en un auditorio repleto de cocineros y que reivindica el servicio como una coreografía psicológica indispensable. “Aunque los chefs se ofendan, la sala representa el 60% del éxito en un restaurante. Nosotras somos las encargadas de construir el bienestar emocional del comensal.” — Sara Fort (Paco Roncero) Desde las islas, Mari Pino, jefa de sala del estrellado Los Guayres (Mogán), aportó la pulsión vocacional más pura: «Entré en la sala por casualidad y de inmediato me di cuenta de que esa era mi profesión, mi vocación y mi vida. Me apasiona estar con el cliente, escucharlo y acompañarlo». Su testimonio fue arropado por la lucidez crítica de Ángela Peña, sumiller de Haydée (Tenerife), quien puso sobre la mesa la persistente brecha de género en el mundo del vino: «Una mujer sumiller todavía tiene que demostrar el doble que un hombre a la hora de hablarle de vino a más de una persona frente a la mesa. Es una realidad que afortunadamente va cambiando con los años, pero que sigue presente». El auditorio ardió en un debate espontáneo y vibrante entre cocineros y profesionales del servicio. La conclusión unánime fue tan clara como difícil de ejecutar: la excelencia de un restaurante no es una competición de protagonismos, sino la perfecta conjunción y complicidad cómplice entre cocina y sala. En ese instante, una voz con autoridad moral indiscutible se alzó desde el patio de butacas. Juan Diego Sandoval (Coque) aportó una reflexión sociológica de calado profundo que arrancó los aplausos unánimes de la grada: «La sociedad europea arrastra un prejuicio clasista con el servir y con el oficio de camarero que no existe en absoluto en el mundo oriental. Ojalá eso cambie de una vez por todas, para que el futuro de la gastronomía vuelva a llenarse de camareros orgullosos de su oficio». “La sociedad europea tiene un prejuicio con el servir y hacer de camarero que no existe en el mundo oriental. Ojalá eso cambie para que el futuro se llene de camareros.” — Juan Diego Sandoval (Restaurante Coque) 3. El territorio que resiste: El viñedo heroico y la economía real de Garrea La sesión vespertina bajó a la tierra, a la raíz mineral y al esfuerzo cotidiano del terruño con la ponencia del equipo de Garrea. Con una honestidad desarmante, alejada de los discursos de marketing vacío, explicaron la compleja balanza que sostiene hoy en día la alta cocina independiente: «El restaurante gastronómico es nuestro sueño, pero el sustento económico real para poder mantenerlo y seguir creciendo procede del bar y de los eventos». Una economía circular y solidaria que se nutre del entorno inmediato: «Trabajamos codo con codo con pequeños agricultores, ganaderos,









